HISTORIAS DE TERROR

Las historias de terror son relatos, ya sean escritos, narrados u orales, que buscan provocar miedo,

angustia, intriga o tensión en quien las escucha o lee. Suelen jugar con lo desconocido, lo sobrenatural o

situaciones que ponen en peligro la seguridad de los personajes.


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Características principales de las historias de terror:

Ambiente inquietante: se desarrollan en lugares misteriosos (casas abandonadas, bosques, cementerios, hospitales, etc.). Personajes vulnerables: suelen ser personas comunes que enfrentan algo aterrador. Elementos sobrenaturales o psicológicos: fantasmas, demonios, asesinos, monstruos, pero también miedos internos como la soledad o la locura. Clímax de tensión: siempre hay un momento en el que el peligro o lo inexplicable se hace más fuerte. Final impactante: puede ser abierto, trágico o dejar dudas para que el lector/espectador siga sintiendo el miedo.

La soga

A Antoñito López le gustaban los juegos peligrosos: subir por la escalera de mano del tanque de agua, tirarse por el tragaluz del techo de la casa, encender papeles en la chimenea. Esos juegos lo entretuvieron hasta que descubrió la soga, la soga vieja que servía otrora para atar los baúles, para subir los baldes del fondo del aljibe y, en definitiva, para cualquier cosa; sí, los juegos lo entretuvieron hasta que la soga cayó en sus manos. Todo un año, de su vida de siete años, Antoñito había esperado que le dieran la soga; ahora podía hacer con ella lo que quisiera. Primeramente hizo una hamaca colgada de un árbol, después un arnés para el caballo, después una liana para bajar de los árboles, después un salvavidas, después una horca para los reos, después un pasamano, finalmente una serpiente. Tirándola con fuerza hacia delante, la soga se retorcía y se volvía con la cabeza hacia atrás, con ímpetu, como dispuesta a morder. A veces subía detrás de Toñito las escaleras, trepaba a los árboles, se acurrucaba en los bancos. Toñito siempre tenía cuidado de evitar que la soga lo tocara; era parte del juego. Yo lo vi llamar a la soga, como quien llama a un perro, y la soga se le acercaba, a regañadientes, al principio, luego, poco a poco, obedientemente. Con tanta maestría Antoñito lanzaba la soga y le daba aquel movimiento de serpiente maligna y retorcida que los dos hubieran podido trabajar en un circo. Nadie le decía: “Toñito, no juegues con la soga.” Silvina Ocampo

Mariposas

Ya vas a ver qué lindo vestido tiene hoy la mía, le dice Calderón a Gorriti, le queda tan bien con esos ojos almendrados, por el color, viste; y esos piecitos… Están junto al resto de los padres, esperan ansiosos la salida de sus hijos. Calderón habla pero Gorriti sólo mira las puertas todavía cerradas. Vas a ver, dice Calderón, quédate acá, hay que quedarse cerca porque ya salen. ¿Y el tuyo cómo va? El otro hace un gesto de dolor y se señala los dientes. No me digas, dice Calderón. ¿Y le hiciste el cuento de los ratones…? Ah, no; con la mía no se puede, es demasiado inteligente. Gorriti mira el reloj. En cualquier momento se abren las puertas y los chicos salen disparados, riendo a gritos en un tumulto de colores, a veces manchados de témpera, o de chocolate. Pero por alguna razón, el timbre se retrasa. Los padres esperan. Una mariposa se posa en el brazo de Calderón, que se apura a atraparla. La mariposa lucha por escapar, pero él une las alas y la sostiene de las puntas. Aprieta fuerte para que no se le escape. Vas a ver cuando la vea, le dice a Gorriti sacudiéndola, le va a encantar. Pero aprieta tanto que empieza a sentir que las puntas se empastan. Desliza los dedos hacia abajo y comprueba que la ha marcado. La mariposa intenta soltarse, se sacude y una de las alas se abre al medio como un papel. Calderón lo lamenta, intenta inmovilizarla para ver bien los daños, pero termina por quedarse con parte del ala pegada a uno de los dedos. Gorriti lo mira con asco y niega, le hace un gesto para que la tire. Calderón la suelta. La mariposa cae al piso. Se mueve con torpeza, intenta volar pero ya no puede. Al fin se queda quieta, sacude cada tanto una de sus alas, pero ya no intenta nada más. Gorriti le dice que termine con eso de una vez y él, por el propio bien de la mariposa por supuesto, la pisa con firmeza. No alcanza a apartar el pie cuando advierte que algo extraño sucede. Mira hacia las puertas y entonces, como si un viento repentino hubiese violado las cerraduras, las puertas se abren, y cientos de mariposas de todos los colores y tamaños se abalanzan sobre los padres que esperan. Piensa si irán a atacarlo, tal vez piensa que va a morir. Los otros padres no parecen asustarse; las mariposas sólo revolotean entre ellos. Una última cruza rezagada y se une al resto. Calderón se queda mirando las puertas abiertas, y tras los vidrios del hall central, las salas silenciosas. Algunos padres todavía se amontonan frente a las puertas y gritan los nombres de sus hijos. Entonces las mariposas, todas ellas en pocos segundos, se alejan volando en distintas direcciones. Los padres intentan atraparlas. Calderón, en cambio, permanece inmóvil. No se anima a apartar el pie de la que ha matado, teme, quizá, reconocer en sus alas muertas, los colores de la suya. Samanta Schweblin

¿Vegetariana?

La bestia se mueve con tal velocidad que no es posible advertir su presencia hasta que ya es demasiado tarde. Por lo mismo, nadie ha sido capaz de describirla. Yo nunca la he visto. Sé de sus vagabundeos por la región porque arrasa en su totalidad la vegetación que va encontrando a su paso: árboles, arbustos, pastizales y parcelas. No hay modo de capturarla y acabar con ella. Las trampas que se le han puesto no han servido de nada. A estas horas, debe estar en busca de una región vecina que le permita satisfacer su hambre. Lo único que podría tranquilizarme es que no mata reces ni borregos ni conejos ni gallinas. ¿Vegetariana? Contestaría afirmativamente a esta pregunta si no fuera porque hay un tipo de carne que sí le gusta. Escribo esto lejos de mi pueblo. Todos sus habitantes han desaparecido. Sólo yo he podido escapar. Hasta ahora. Armando Alanís

Vida

—Dios es el primer alfarero —dice papá, y me enseña a amasar el barro para que no queden grumos. Los grumos arruinarían las cosas importantes que hace: platos, fuentes, ollas, macetas. Desde que era más chiquita me gusta verlo trabajar. Dice que enseñarme “el oficio” es un regalo que me hace porque es navidad, pero no, es porque aprendí a sumar rápido y también a leer. —¿El primer alfarero cómo? —pregunto mientras ponemos a secar las piezas antes de llevarlas al horno. Me gusta mucho ver el conejito que modelé al lado de sus cántaros. —¿Cómo? —ríe—. Haciendo con barro al primer hombre —. A veces habla de cosas que no entiendo a propósito, para que no se me vayan las ganas de estudiar—. Lo llamó Adán y es el padre de todos. Se pone serio, creo que piensa en el abuelo. Quiero darle la mano para espantar la tristeza pero está peor. Mira mi conejito que se ha llenado de esa pelusa blanca tan linda y ahora salta para el lado nuestro. Lo alzo, es tibio y suave. —Tocalo papi, no tengas miedo. Patricia Nasello

El basilisco

Es invierno en mi ciudad y parece que nada alterará mi rutina de este frío domingo. Mi heladera casi vacía me dice que me convendría almorzar afuera, pero los cinco grados me acobardan. Hay huevos y queso, además de un yogur vencido y un pedazo de tortilla de espinaca. Elijo los huevos y el queso. Un omelette es una buena opción. El primer huevo que rompo me sorprende sin su yema. En la gelatinosa clara se mueve algo así como una mínima víbora, una rara arañita. No me gusta nada su aspecto. Tendría que tirarlo pero me hipnotiza su lento danzar en la acuosidad pegajosa. En un instante, la viborita se convierte en un horrible bicho semejante a una iguana, un camaleón, una lagartija con un enorme ojo sin párpado que me paraliza. Me doy cuenta de lo que ocurre demasiado tarde y no tengo un espejo a mi alcance para repeler su mirada. Desde entonces ando reptando paredes. Me escondo en los rincones, entre los escombros y observo con mi ojo ciclópeo. Cuando alguien me descubre se persigna y huye espantado. No vaya a ser que mi desgracia lo alcance… aunque no entiendo por qué, si dicen que todo es puro cuento, una leyenda… que no existo… María Belén Alemán

La víctima

Compré espuma suficiente para crear un personaje y dinamizar mis clases en línea. Comencé por el diseño de la cabeza. Los ojos, que me permitían ver a través de ellos, estaban circundados por unas largas pestañas, la boca, carnosa al sonreír, a nivel de sus encías, mostraba unos colmillos desmesurados y amenazantes, y sus fosas nasales daban la sensación caliente de hacer salir fuego de sus entrañas. La espalda, llena de cascos, sostenía los cachos de manera desafiante, y de las garras, salían unas tímidas uñas como invitando a rascarse a quien las mirara. Comencé a pigmentarlo con azules y verdes iridiscentes. Sus ojos color marrón comenzaron a saltar y entonces perdí el dominio de mi mano que, enloquecida, parecía seguir órdenes para que lo terminara de inmediato. Al día siguiente, entusiasmada con mi marioneta y la ilusión de presentársela a mis estudiantes —cuál no fue mi sorpresa— al verlo anclado en las alfardas del techo cuando de manera sarcástica me agradecía: —Gracias. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ahora tú serás mi títere... Patricia Morales Betancourt

La llorona

Una de las leyendas de terror mexicanas más populares hasta el día de hoy. Cuenta que en un lugar lejano vivía una mujer junto a sus tres hijitos. A esta familia le iba muy bien, todos eran felices, y el amor se hacía presente siempre. Un día, en una noche de invierno, se desató una gran lluvia y ocurrió algo terrible. Aquella noche, el padre de esta familia regresó tras muchos años de haberlos abandonado. Sin él, ellos habían vivido muy felices, ya que este tipo siempre estaba gritando y andaba siempre en borracheras, por otro lado, castigaba sin sentido a los niños, así como también, a la madre. La mujer rezaba siempre para que este hombre no regresara nunca más, pero lastimosamente sucedió lo contrario. Cuando llegó este mal hombre, tiró la puerta de una patada, y gritó por qué no lo habían recibido. Los niños muy asustados, se escondieron y la madre por defender a sus hijos, se enfrentó a su esposo, pero lamentablemente, la mujer fue golpeada y se desmayó por varias horas. Cuando ella despertó, buscó a sus hijos por toda la casa, pero no los encontró ni a ellos ni a su esposo. Decidió continuar con su búsqueda muy asustada, corrió fuera de la casa bajo la tormenta, llorando y gritando sus nombres por varios días, meses, años, pero nunca los encontró. Un día, después de tanto buscar, la madre murió de tristeza, tampoco se supo nada de los niños, y nadie los vio jamás, no aparecieron sus cuerpos o alguna señal del hombre que se los llevó. Desde aquel entonces, se dice que el espíritu de esta madre no descansa y todas las noches se le oye llorar y lamentar con mucha tristeza por los alrededores de los pueblos. Las mujeres al oír los lamentos y gritos, corren asustadas tras sus hijos para esconderlos de ella, ya que se dice, que si los encuentra, La Llorona se los puede llevar para siempre”. Fray Bernardino de Sahagún

La ira de la muerte

Esta leyenda cuenta que un joven vivía a lado de su madre, él creció y decidió vivir solo, su madre al comprender su decisión se puso triste y se fue a vivir a otro lugar. Una noche, tocaron la puerta de la casa del joven, pero como ya era muy noche, él estaba dormido, y entre sueños, escuchó que era su madre insultándolo y aborreciéndolo. Al día siguiente, el hombre fue a preguntarle a su mamá de el porque se había comportado así, llevándose la sorpresa de que su mamá no había sido. Entonces, la siguiente noche ocurrió lo mismo, él no hacía caso, pero a la tercera noche que su madre le decía que ella no había sido, decidió salir a ver quién era. Al abrir la puerta se escuchó un fuerte ruido que despertó a todos, él estaba en su casa agonizando y con cara de mucho terror por lo que había visto. Lo que se dice es que la muerte estaba buscando a su madre, y al no encontrarla se enfureció y se ensañó con él. Enrique Bader, Susana Benet, Vicent Berenguer, José Luis Parra y Pedro Antonio Parra

El novio de la muerte

Cuenta la leyenda que Verónica era una joven alegre, que era de novia de Fernando, habían planeado casarse y una semana antes, ella viajó fuera de la ciudad para entregar sus invitaciones. Cuando llegó el día del matrimonio, ella aún estaba en otra ciudad, pero decidió vestirse ahí y llegar de frente al matrimonio. Subió presurosa al auto y sin saber por qué, empezó a tener una extraña sensación que la puso un poco inquieta. Su tía que iba con ella, lo notó pero le dijo que los matrimonios siempre son así. La mañana era triste y el clima muy malo, pues estaba lloviendo con regular intensidad, cuando ya estaban a 20 minutos de llegar a la ciudad, en un tramo lleno de curvas, el conductor, inmerso en la idea de llegar temprano a la boda, aceleró y no pudo controlar el auto que cayó a un barranco. La joven novia murió instantáneamente. Años más tarde, un compañero de su colegio tuvo que viajar solo, por la carretera donde sucedió el accidente. Eran las 12 de la noche, y antes de pasar por la curva donde murió Verónica, miró por el espejo retrovisor de su auto, y no le fue difícil reconocer en aquella mujer que estaba sentada en el asiento de atrás. Era el mismo rostro de Verónica, pero éste estaba desfigurado. Sintió tal terror que le hizo perder el control de todo y se estrelló, muriendo en el acto. Se dice que si viajas solo por esta carretera, no debes de mirar tu espejo retrovisor, pues Verónica siempre está sentada en el asiento trasero, tratando de conseguir victimas que sufran igual que ella. Fidel Prado y Juan Costa

La llorona